
Ya no recuerdo mi nombre. Ni mi pasión, ni los latidos, ni la sangre de mis venas…
No recuerdo el cielo, la tierra, la luz o el sabor dulce que tenía en los labios…
Ya ni siquiera conozco la sensación del viento cuando esta frio y nos acaricia el rostro.
Lo he olvidado todo.
Y lo último fue mi nombre.
Necesito una taza de café, una pizca de canela, chocolates, galletas y un par de cigarros para recuperar la sensación de eternidad y la suavidad de la vida.
Si, especialmente necesito fumar.
Y todo en compañía de la luna, la cálida melodía del sol cuando se duerme y de esa traviesa luciérnaga que se aparece para volar alrededor de nuestras vidas.



