
Casi no recuerdo bien lo ocurrido, pero hubo un invierno en el que yo era niña y que pasé tres noches en casa de mis abuelos. No recuerdo bien las razones, quizás fue cuando nació mi hermanita, o aquella ocasión en que mis padres se pelearon. De cualquier forma no importa. Lo importante fue lo que me ocurrió una de esas tres noches.
Y como había dicho, ya casi no lo recuerdo, tenia apenas pocos años de edad, estaba confundida y triste, porque nadie me dio explicaciones, ni me pregunto si quería irme unos días con los abuelos, simplemente me llevaron y me dejaron allá.
No estoy completamente segura cual noche sucedió esto que quiero contarte. Yo pienso que fue la tercera, aunque también pudo ser durante la primera o la segunda noche… Pero la verdad, la noche exacta no importa.
La casa de mis abuelos es en realidad un rancho, en las afueras de la ciudad, no es muy lejano, pero a pesar de eso esta suficientemente apartado de las luces, el escandalo, la agitación y suciedad, típicas de las ciudades, o de cualquier lugar civilizado, como para sentirse abandonado, aislado y solo.
A mi me encantaba ir con mis abuelos, porque montaba los caballos, comía comidas caseras deliciosas, ordeñaba las vacas, jugaba con los conejos, intentaba atrapar a las gallinas y respiraba aire limpio, fresco, con un sabor exquisito. Pero durante las ocasiones en que había ido, siempre fue en compañía de mis padres y nunca éramos pocas personas allí. Pero en aquella ocasión fue muy diferente.
Mi abuelo, entrado en edad, se encontraba enfermo; había permanecido en cama durante varios meses, y aunque no demostraba empeorar, tampoco parecía mejorar. Mi abuela junto con la sirvienta, chole, se hacían cargo de él, y la verdad que no les resultaba difícil. Aunque en sus mejores tiempos mi abuelo había sido un borracho, parrandero e indomable hombre, durante su madurez y su vejez se fue convirtiéndose en un amoroso padre y en un fiel y tierno esposo.
Entonces, aparte de mi abuela, chole y mi abuelo, no había otra persona que viviera en esa casa para cuando me llevaron en aquella ocasión.
Recuerdo, con dificultad, haber estado jugando con una rama de árbol que encontré unas pocas horas antes de que anocheciera completamente. Seguramente estuve recorriendo los alrededores durante un gran rato, ya que no había nadie de mi edad con quien jugar.
Recuerdo haberme sentado en una de las sillas de la cocina, platicando con chole mientras ella cocinaba la cena para mi y mis abuelos. No sé cual fue el tema de esa platica, ni porque chole salio de la cocina y me dejo sola. Tampoco recuerdo donde se hallaban mis abuelos ni cuanto tiempo estuve sola. Solo recuerdo, con un poco mas de claridad, una voz que me hablo preguntándome a qué jugaba. Fue una voz calida, masculina, cotidiana y con una gran carga de confianza; por lo que yo no intente siquiera voltear para mirar de quien se trataba. No me sentí amenazada ni intrigada por esa voz. Pero supe que no se trataba de mi abuelito. Y no repare en que nadie más podía estar en aquella casa. Yo sólo conteste y seguí jugando con la rama de un árbol que había encontrado.
Luego sentí la voz más cercana, no como al principio que parecía haber venido desde la puerta de la cocina, sino esta vez se sintió mas cercana, casi a un lado mió, y dijo “¿no tienes algún amiguito con quien jugar?”.
Y esta vez tampoco mire, simplemente le contesté: “No, no hay nadie con quien jugar”.
Yo recuerdo que me sentía triste, y comenzaba a pensar que mis padres me habían abandonado allí, que jamás regresarían por mi, y yo no sabia porque; por lo que no me sentía motivada para platicar. Quizás resultaba muy evidente, y esa fue la razón por la cual la voz dijo “yo puedo jugar contigo”.
Y yo lo escuche, y me quede pensando. Me sentía triste, abandonada, pero definitivamente prefería jugar con alguien a seguir allí sentada, desquebrajando la rama de un árbol. En ese momento mire por encima de la mesa, de donde escuche que provino la última vez esa voz. Pero no había nadie.
Me levante de la silla y fui hacia la puerta de la cocina, tampoco se encontraba alguien. Entonces regrese a la cocina y di una vuelta alrededor de la mesa, pero no encontré nada. Me senté entonces en una de las sillas y apoye mis manos sobre la mesa de la cocina.
En ese momento un gato grisáceo se subió a la mesa y se acercó a mí. Comenzó a olerme la mano y yo lo acaricie. Era el gato de la casa, se llamaba ceniza, era un gato regordete y cariñoso; mi abuela siempre había dicho que era un aventurero, porque pocas veces se le veía alrededor de la caza, normalmente desaparecía, se iba a cazar, a conquistar, y solo regresaba cuando quería dormir sobre el sofá de la sala o en el regazo de mi abuela.
Yo continué platicando y acariciando a ceniza. Pero de la voz, no supe nada. Y durante un largo rato no volví a escuchar nada.
Luego me levante de la mesa y me dirigí a la puerta, entonces que sentí la necesidad de voltear y mirar hacia la cocina… y ví a ceniza, el gato, parado sobre la pesa, mirándome y diciendo “¿ya no quieres seguir jugando?”.
Y entonces regrese a la cocina y seguí jugando con ceniza… Y desde entonces, cada vez que regreso, juego con él; y es extraño, porque nunca ha envejecido ni muerto. Y solamente se aparece cuando yo voy a visitar la casa de mis abuelos.







