
Fue un martes por la tarde, en tiempo de lluvia… Había caído todo el día un aguacero que parecía haber dejado en sombras a todo el mundo. Las ciudad estaba llena de charcas, aguas negras, lodo, animales mojados, inmensidad de calles solitarias, luces públicas iluminadas débilmente, humedad y ese olor a tierra mojada que nos hace desear quedarnos en casa.
Yo caminaba hacia mi casa, distraído, pensando ya no recuerdo que. Me sentía cansado, con sueño, hambre. Era el final de un largo y fastidioso día que comenzó desde muy temprano, y que durante todo el tiempo estuvo lleno de agua y frió.
Recorría en aquel momento la tercera calle que me separaba de casa, seguía lloviendo un poco, sólo algunas gotas realmente. Escuché un gato pelar en la calle de en frente y mire para observar la escena, pero no vi nada. Luego seguí caminando y dirigí la mirada hacia el final de la calle, donde seguiría mi viaje, y entonces algo fue diferente, a unos pocos metros, encontré a una mujer vestida de blanco, la cual yo no había notado hasta ese momento.
Se hallaba de espaldas, pero se podía ver que era una mujer joven, usaba un vestido largo, pero que permitía, insinuante, adivinar la belleza de sus caderas, sus piernas, de todo su cuerpo. Resultaba contrastante, blanca, sin paraguas (o algo que la evitara empaparse) bajo esas ligeras pero persistentes gotas de lluvia.
No conseguí, hasta ese momento, mirarle el rostro y verificar que también era muy hermoso, porque se encontraba de espaldas, como esperando, en la esquina de la tercera calle que me separaba de mi casa, meneando un poco, lentamente, las caderas, de esa forma en que lo hacen algunas mujeres cuando están pensativas mientras esperan a alguien.
Me detuve a un lado de ella, y me percate entonces que nos mirábamos de frente, yo no podía parar de mirarla y ella me correspondía con una coqueta sonrisa que me dejo sin pensamientos por unos momentos. No sé realmente cuanto tiempo fue, pareció como si se detuvo el tiempo, hasta que mi conciencia reacciono y mire hacia otra dirección, un poco apenado, sintiéndome con falta de educación, y también algo aturdido por la sensación que ella me provocó con esa sonrisa.
Entonces escuché que me dijo algo, pero no alcance a escuchar claramente. Miré nuevamente hacia ella, con el riesgo de quedar nuevamente atrapado por su enigmática belleza; y entonces ella pareció repetir lo que me había dicho antes. Mi nombre.
Lo dijo de esa forma en la que preguntamos solo para cerciorarnos, porque ya sabemos la respuesta. Y yo me quede mirándola, atrapado por esa sensación que me transmitía y que no me permitía pensar claramente. Y ella, con su sonrisa, también permaneció mirándome.
Finalmente, ella, después de no se cuanto tiempo, en el cual yo no pude reaccionar, ni pensar, ni decir nada, volvió a movilizar el tiempo e interrumpir el silencio diciendo – Todavía puedes hacer que valga la pena –.
Yo no reaccione ante esas palabras durante no sé cuanto tiempo, fue como si las escuchara lentamente, comprendiéndolas poco a poco. Y, finalmente, me di cuenta que no significaban nada, y decidí hablarle, para preguntarle qué pretendía decir, aunque sólo alcancé a pronunciar con torpeza. - ¿Qué? … –. Y después me quede casi paralizado, sin saber exactamente que pensar o hacer.
Luego noté que sus cabellos no estaban empapados, ni su ropa mojada, y sus pies los tenia descalzos. No supe que pensar, de hecho no podía pensar. Sólo me quede mirándola. Casi disfrutándola, confundido por su belleza, su vestido blanco y esa sonrisa.
Fue un ruido de unos perros callejeros, al otro lado de la calle lo que me saco de mi aturdimiento. Mire por reflejo hacia lo que hubiera ocasionado aquel escándalo y vi a unos perros corriendo. De inmediato regresé la mirada hacia donde se encontraría la mujer, ahora estando mas lucido, conciente y con muchas preguntas, pero ya no estaba a un lado de mi. Ni cerca.
Busque apresurado con la mirada a aquella mujer de blanco, a mi derecha, al frente, a la izquierda, pero no alcanzaba a encontrarla. Intentando ver mas allá de la lluvia, que comenzaba a incrementarse. Entonces mire detrás de mi, y hasta el final de la calle, encontré el brillo de su vestido blanco.
No se bien que me impulsó, quizás fue el intrigante misterio de sus palabra, la propia intriga de su presencia, la necesidad de remplazar mis anteriores momentos de estupidez o simplemente el deseo de mirar nuevamente su belleza; lo que fuera, me hizo correr hacia ella.
La grite, intentando hacer que se detuviera, que me dejara alcanzarla, y seguí corriendo. Pero la mujer no se detuvo, continúo caminando con tranquilidad, hacia el callejon y no se giro para verme.
Seguí corriendo. Ya casi la alcanzaba, sólo faltaban unos pocos metros, pero entonces me resbale con la humedad de la calle y caí en uno de los charcos que había dejado la lluvia, que ahora comenzaba a acrecentar su furia.
No me levante de inmediato. Me aturdió la situación. Me mire el abdomen hundido en las aguas, y luego levante la vista para ver a la misteriosa mujer. Y entonces pude ver que seguía caminando, y que frente a ella se abrió, en una especie de nube, un agujero por el cual se podía ver la calle y construcciones de otro lugar, uno desconocido, extraño. Y entonces la mujer continúo caminando, entro a través de ese agujero, al lugar desconocido, y se pudieron ver sus alas.