
Las noches en la casa de Alvar Muñoz no se vivía como en otras casas, allí parecía que la noche era más día que noche. Se trabajaba hasta la madrugada, se reía a carcajadas como si no les importara la tranquilidad y el sueño de los vecinos; se comía igual un pan que un pedazo de pastel, una dona, pudín, flan o golosinas, acompañadas de refresco o café fríos; se miraba la tele (que mas parecía existir sola, porque realmente a nadie le importaba mirarla sino solamente escuchar su ruido para no sentirse que el día había acabado varias horas atrás) y dejaban los deberes que no les daban ganas de hacer pendientes para el día siguiente; se hablaba de problemas, retos y de triunfos; se platicaba de lo que se hizo durante el día y de lo que se haría al siguiente; y, a veces, se rezaba un rosario para conciliar el sueño, calmar el alma y llenarse de una dosis suficiente de fe para enfrentar aquello que se esperaba a la mañana o la tarde siguiente.
A su madre, Doña Meche, le gustaba reír, se reía de casi todo, de las locuras que le contaban sus amigas, de las cosas que hacían sus gatos, sus perros, sus gallos y gallinas, sus patos, sus pericos australianos y uno que otro animalito que por fortuna había llegado a la casa para llenarla de tantas y tantas anécdotas y curiosidades, se reía hasta de sus desdichas, que al final ella llamaba triunfos, porque de qué otra manera se podrían llamar a aquellas cosas que de pronto la dejaban preocupada y que luego resultaban superadas, dejando montones de historias entrelazadas para contar y una satisfacción tremenda de que la vida y Dios ofrecían esperanza, consuelo y fe.
No terminaba la noche en esa casa sino hasta pasadas las tres de la mañana, cuando Alvar decidía irse a dormir después de sacar al perro, cepillarse los dientes durante cinco minutos y bañarse, porque a Alvar no le gustaba dormir con la suciedad que había acumulado durante todo el día. –Nada que no sea yo y mis deseos y mis sueños, duermen conmigo– se dijo una noche y la soledad pareció entenderle aquella manía suya de irse dormir con el cabello un poco mojado.
Los días, en cambio, eran diferentes siempre en casa de Alvar, a veces había mucha gente reunida, personas que iban y venían por varias y diferentes razones, familiares, vecinos, amigos y desconocidos por igual podían aparecerse y desaparecerse tan rápido como llegaron o tan lento que a su madre le daban desesperadas ganas de sacarlos; otras veces no había nadie y parecía una casa abandonada. Pero la visita que mas le gusta a Alvar era la de su novia, una chica de increíbles coincidencias con él pero con casi igual cantidad de diferencias.
Una tarde la tía Chata, una mujer de costumbres y creencias antiguas pero de comportamiento a veces salvaje, le comentó a Doña Meche que no interviniera en la relación de su hijo porque, según dijo ella, –hacen una buena pareja, se ven muy bien juntos y hasta se parecen…– y luego agregó con esa voz que una hermana mayor utiliza apara decirle a su hermanita una advertencia mas que un consejo– No es conveniente intervenir cuando sucede eso, porque si son el uno para el otro y se separan luego ya no formalizaran en ninguna relación–. Y Doña Meche nunca se rió de eso.
(Despues de leer: Mujeres de ojos grandes de Ángeles Mastretta)